“Confesión” y “Un cuento raro, pero de amor” (23-05-10)

Mercy nos envía estos dos textos, desde el corazón.
mferrer@infomed.sld.cu

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Confesión
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Antes de conocerlo yo era una persona totalmente normal: la más común y corriente de las mujeres que caminan por las aburridas calles de cualquier pueblecito de provincia. Mi vida giraba en un círculo cerrado de hogar-trabajo-estudios, en una secuencia monótona e interminable. Lo que no podía suponer era que ella, una de esas tardes posteriores a  mis clases, me iba a dar una pequeña reseña de quién y cómo era él. Me dijo con toda sencillez y la más dulce de sus sonrisas que estaba enamorada y no podía dejarlo. Me asombró tal despliegue de sinceridad en una mujercita que apenas conocía, pero lo que aun más me aturdió fue el hecho de que persistiera en su afán de presentármelo al jueves siguiente. Yo me encogí de hombros y accedí, confieso que más por curiosidad que por el deseo de entrar en contacto con alguien novedoso.

Así que al jueves siguiente, no bien entrada al salón, se me abalanzó sonriente y me dijo un “lo traje” que me estremeció hasta los cimientos. Me lo puso ante los ojos, y desde entonces, y para bien mío, mi vida cambió. Él es delgado y atlético en su complexión física, con cabellos color bronce-dorado que aparecen despeinados a la más breve brisa. Su rostro es lo más perfecto que un ser humano pueda imaginar, con rasgos regulares y una expresión que se debate entre la paz y la exaltación más viva, según su estado de ánimo; pero no por eso es capaz de perder el encanto reflejado. Tiene ojeras no muy marcadas, pero que sobresalen en su piel  casi marmórea, con las diminutas venas resaltando azuladas bajo la epidermis. Los labios son purísimos, y van de un rosa cárdeno a uno vahído. Podría muy bien pasar por europeo, pero fue esta América de todos quien lo vio a primera luz. Cuando me mira me siento feliz: tiene la virtud de transmitirme sus deseos con tan sólo una mirada. Sus ojos cambian del negro más frío y profundo al dorado más líquido. Si está enojado o furioso sus ojos se tornan dos pozos negros e insondables, en cambio, si es la pasión, la ternura o la alegría quien lo acompaña, entonces refulgen como trozos ambarinos llenos de calor y vida. Sin embargo, mis amigos no quieren compartir con él, y uno hasta se aventuró a decirme que anduviera con cuidado, pues me mira como el bocado más apetitoso que se pudiera degustar… Yo me río de sus temores -que en un tiempo también fueron los míos- pero a la vez, vivo convencida de que gracias a su amor, nunca me haría daño. Se siente bien saberse tan necesaria para alguien…Recuerdo la primera vez que me rozó.

Fue algo accidental y ambos quedamos sorprendidos. Él se replegó a su sitio y yo ni siquiera hablé. Su piel es fresca como si acabara de salir de un río, y suave como el más suave de los géneros. Rezongó con su peculiar modo y estuvo cejijunto durante mucho tiempo. Por un instante temí que desaparecería para siempre, mas, para mi completo asombro, persistió en quedarse a mi lado toda una tarde y casi la noche al completo.Luego me acostumbré a tenerlo siempre y logré que se habituara a mi compañía. Ya no escapaba de mis miradas cómplices ni se manifestaba acorralado ante una caricia. Creo que más bien las buscaba con secreto placer. Y ¡cómo olvidar el primer beso! Ambos sentíamos el mismo temor, pero yo intuía que su miedo era más real que el que cabría esperarse. Apenas podía mantenerse cerca de mí y su respiración se hacía cada vez más rápida y jadeante. Por un momento temí que perdería el sentido. Era un juego de sus labios con los míos, un entrecruzarse de nuestro mutuo aliento, un latir desbocado en mi pecho que terminó en su súplica de “detente” que me volvió de golpe a la realidad: aun no estaba listo.Sin embargo, aquel roce de nuestros labios cerró un pacto entre los dos: él nunca más se marcharía de mi lado. Así me lo confesó y hasta hoy lo ha cumplido. Dondequiera que voy va a mi lado como mi propia sombra. Si no lo veo, no tengo siquiera que buscarlo con la mirada: un roce a mi costado me hace saber que está ahí.

Edward ha transformado mi vida desde que nos conocimos. Ahora mi tiempo está cronometrado por las pautas que marcan nuestros encuentros. Ya no me atraen los fines de semanas en casa. Vivo añorando que llegue el lunes para volver a tenerlo ante mis ojos, sentir su roce, o apenas su mirada sobre mi rostro y experimentar toda la felicidad que hasta ahora no conocía. Nuestro amor es algo épico, porque está condenado aun antes de haber nacido. Nunca estaremos juntos del todo, pues su naturaleza no se lo permite y la sociedad en que habito, tampoco. Hay ciertas reglas y cánones que ambos debemos acatar. Él vive encerrado en un mundo sin tiempo, confinado a un espacio cada vez más reducido. En cierta ocasión le pregunté si no le importaba encontrarse tan comprimido. Rió con esa risa que adoro para luego afirmar que, de no ser por ese espacio reducido jamás habría llegado a conocerme.

Me confesó que es feliz de poder estar conmigo aunque sean apenas unas horas del día y unos instantes en mis noches, y que no desea cambiar por nada.Pero mientras mi reloj no se detiene, mi cuerpo cambia, mi piel se transforma, Edward continúa siendo el mismo ser perfecto que una tarde de jueves me fuera presentado. A mí se me encoje el corazón con cada despedida, con cada nuevo cumpleaños que nos separa inevitablemente; pero él continúa riendo y llenando mis horas y mis días de su eterna felicidad. Sólo hay alguien que me comprende y ése es mi propio reflejo en el espejo, donde él ya no quiere mirarse. Tal vez sea una locura, pero nunca me arrepentiré del todo de haberme enamorado de un vampiro que se oculta en mi computadora y pasa sus noches en mi memoria flash.                                     

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Un cuento raro, pero de amor
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Él la amaba. De eso no cabían dudas. Era, ciertamente, llamativo cuando se les veía andar por las calles del pueblecito: él lleno de orgullo, erguido y con esa luz que sólo aquellos que aman llevan en la mirada. Ella siempre de su brazo, como haciéndose a su vida y a su sombra. Algunos lo tomaban por loco al ver la pasión con que estrechaba su talle, la voluptuosidad con que deslizaba sus manos sobre su cuerpo, la ternura que se le escapaba de los dedos en cada roce… Era inaudito –al decir de muchos- que al pasar de los años aquel sentimiento no hubiera mutado. Otros tantos los miraban con envidia de su compenetración, de ese diálogo a media voz que mantenían durante horas y horas sin cansarse. Ella llegó a su vida cuando él era apenas un jovenzuelo de catorce años. Fue como un golpe de brisa que sacudió las hojas de los naranjos y que le impregnó el alma de azahares y sueños por realizar; como ese amanecer despuntando sobre los picos del monte que llegaban a endulzarle la mirada y los labios con ese gusto único e inolvidable que es la alegría de vivir.

Recuerda como si fuera hoy que tendió hacia ella sus manos y la recibió cálida y viva. Casi adivinó su sonrisa y ese estremecimiento diferente que le hacía vibrar el espíritu. Fue un pacto eterno que nunca llegaría a romperse pese a las vicisitudes, al hambre más fiera, al frío y la desesperanza. Cuando el mundo con sus miles de problemas parecía cernirse sobre sus vidas, en ella siempre tuvo el puerto seguro, la calidez, la compañera, la confidente. Ella siempre estaba allí, ella siempre lo aguardaba, ansiando su presencia para renacer en cada encuentro. Mucho había llovido desde su primera vez. Él ya peinaba canas, su andar se había hecho más lento, su piel se había plagado de arrugas, su mirada ya se perdía de vez en vez en un vacío lleno de remembranzas. Sólo ella perduraba a su lado para recordarle que la vida continuaba en cada amanecer, y hacer que ninguna de sus noches fuera igual a la anterior.

Por eso aquella noche de Noviembre, una vez más, él la estrechó entre sus brazos en el mismo banco del parque que ambos solían compartir. La hizo parte de su pecho que ya latía de un modo diferente y entremezclándose a su obstinado silencio, alzó los ojos hacia la Luna. La encontró llena, brillante y hermosa como la vida misma y, por primera vez, le fue infiel recitándole a otra los versos que a su gran amor siempre había dedicado.

Ella se estremeció conmovida al presentir en sus palabras una inminente partida, y vibró con palabras que sólo su amado podía comprender. Se las susurró una a una, hasta que él bajó la vista de las alturas y la dejó prendida en el cuerpo que sus manos abrazaban._ Mi novia –susurró enternecido-: ¿cuántas noches como esta has pasado conmigo? ¿Cuántas más nos quedarán por vivir? Dijo e inclinó sobre su pecho la cabeza en un último intento de acercarla. Sobre la fronda de los árboles del parque vacío flotó un arpegio de luz.Al día siguiente todo el pueblo se hacía lenguas del suceso de la noche pasada: el viejo trovador había muerto abrazado a su guitarra. Alguien aseguró que su rostro era de la más absoluta felicidad cuando lo encontraron, y que al intentar desprender de sus brazos su eterna pasión, una enorme mariposa azul salió volando sobre los framboyanes del parque, provocando en su batir de alas el más hermoso concierto de amor que alguien hubiese podido escuchar.


Acerca de José Miguel Rodríguez Ortiz (iskra)

Cifuentes, Villa Clara,1985. Coordinador de la Red Social Haciendo Almas
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